viernes, 23 de febrero de 2018

CINE - 68° Berlinale, Día 8: Los dilemas de una mujer

Como cantaba Ricardo Soulé en “Presente”, la más mítica canción de esa banda seminal del rock argentino que es Vox Dei, todo tiene un final, todo termina. Y la 68° edición del Festival de Cine de Berlín, la Berlinale, transita ya sus últimas jornadas. De hecho hoy tuvieron su estreno las últimas dos películas de la Competencia Internacional que aún quedaban por verse, la polaca TWARZ, de la directora Malgorzata Szumowska, e In den Gängen, del alemán Thomas Stuber. Una competición que tuvo algunas presencias destacadas, como la de los cineastas estadounidenses Gus van Sant, que presentó Don´t Worry, He Won’t Get Far on Foot, su nuevo trabajo en el que Joaquin Pheonix interpreta al humorista grafico John Callahan, fallecido en 2010. O la del regresado Steven Soderbergh, cuyo anunciado retiro duró menos que la presidencia de Rodríguez Saa. El director de Traffic presentó en la capital alemana Unsane, film de suspenso que coquetea con el terror psicológico, filmada por completo con la cámara de un Iphone. Unsane está protagonizada por Claire Foy, la actriz inglesa que saltó a la fama global tras interpretar a la Reina Isabel de Inglaterra en The Crown, la popuar serie de Netflix.
También se acerca el final para la participación argentina, cuyo paso por Berlín puede considerarse exitoso. También hoy, pero por la noche, tendrá lugar la última proyección de La omisión, film que marca el debut como director de Sebastián Schjaer, quien habitualmente se desempeña como montajista. Un rol que ha ocupado en algunas de las últimas películas de celebrado director de cine independiente argentino Matías Piñeiro, como La princesa de Francia o Hermia & Helena. Pero aunque La omisión es su primer largometraje, y obviamente el primero en participar de un evento de la magnitud de la Berlinale, Schjaer ya cuenta con una buena experiencia en esto de pasar por grandes festivales, ya que sus dos cortometrajes previos participaron de diferentes competencias en el glamoroso Festival de Cannes.
La historia que cuenta La omisión se desarrolla en la ciudad de Ushuaia y la película comienza con una escena incómoda. Una chica muy joven camina apurada por la banquina nevada de una ruta, cargando un bolso enorme. Pronto queda claro que trata de dejar atrás a un hombre que la sigue e intenta detenerla cerrándole el paso con un auto. Ella lo esquiva, pero el hombre insiste. No es ninguna sorpresa que él, a quien la cámara evita mostrar, parezca conocerla y sepa su nombre. “Paula, ¡pará!”, dice una voz masculina desde fuera del plano. Pero Paula no para sino que, por el contrario, se cruza al lado opuesto de la ruta corriendo entre los camiones que pasan y se aleja del hombre que la sigue caminando en la dirección contraria.
Enseguida se hace evidente que Paula está en Ushuaia solo por necesidad. Por trabajo. Pero no pasarán más que un par de escenas hasta que ella se enteré que se ha quedado sin el que tiene en el hotel donde realiza tareas de limpieza y servicio de cuartos. Pero Paula se mueve rápido y no tarda en conseguir algunas changas. En una de ellas, trabajando como ayudante de guía de excursiones conocerá a un chico algo mayor que ella que se dedica a sacar fotos en los hoteles y pistas de esquí. Él tendrá que insistir varias veces hasta que ella acepte salir a dar una vuelta con él. Y cuando lo haga y este intente besarla, ella le responderá que si quieren estar juntos ella le “tiene que cobrar”. La situación que genera esta forma poco usual de expresarse vuelve a provocar incomodidad. No sólo porque el verbo tener indica que Paula no es una prostituta, que se trata de una cuestión circunstancial (ella le tiene que cobrar ahora, pero tal vez en otro momento no lo haría), sino que comienza a dejar entrever que hay en la protagonista una necesidad mayor de la que su parquedad y su personalidad seca permiten conocer.
Schjaer es un cineasta joven pero parece haber asimilado bien algunas de las lecciones y características del cine de Luc y Jean-Pierre Dardenne. Porque está claro que La omisión es un film con mucho de dardenniano, tanto en sus intenciones estéticas como en el interés temático por una historia no exenta de una despojada pero no aséptica mirada social. Por cierto que la presencia de la actriz Sofía Brito y su interpretación colaboran en la construcción de esa atmósfera de realismo visceral que es propia de las películas de los hermanos belgas. Es que no solo el dilema que debe enfrentar Paula se encuentra emparentado con el de las antiheroinas dardennianas, sino que incluso fisonómicamente Brito responde al modelo que interpretaron por ejemplo Émilie Dequenne en Rosetta o Arta Dobroshi en El silencio de Lorna. Y su trabajo poco tiene que envidiarle a aquellos.
El director mantiene la narración bajo riguroso control y no se apresura ni para avanzar en el relato ni para ir entregándole al espectador aquella información vital que le permitirá ir armando el rompecabezas que representa la protagonista. Las preguntas que el relatio va generando son muchas, pero Schjaer irá respondiendo algunas sin perder la paciencia y dejará otras en el aire para que cada quien imagine cuál es el final de la historia de Paula y cuáles los motivos que la llevarán a tomar la decisión con la que se cierra La omisión, siempre bajo el signo de la angustia. 

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

CINE - "Una mujer fantástica", de Sebastián Lelio: Una fuerza de la naturaleza

Como si contuviera en su interior una fuerza ingobernable, la película Una mujer fantástica del cineasta chileno Sebastián Lelio, viene causando conmociones a su paso desde el mismo día de su estreno, ocurrido exactamente hace un año en la edición anterior de la Berlinale. En aquel momento fue centro de innumerables elogios, dentro de una competencia de la que también participaban trabajos de directores consagrados como el finés Aki Kaurismaki, el coreano Hong San-soo y de la que resultó impensada ganadora En cuerpo y alma, de la húngara Ildikó Enyedi. Doce meses después la situación se repite como un deja vú: Una mujer fantástica y En cuerpo y alma vuelven a competir, esta vez por el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera. Y la de Lelio vuelve a ser la favorita, incluso por encima de su principal competidora, The Square, del sueco Ruben Östlund, ganadora de la Palma de Oro en el festival de 2017./
 El quinto trabajo de Lelio, que además marca la cuarta y hasta ahora última colaboración en el guión con su compatriota, el crítico de cine Gonzalo Maza, narra la historia de Marina Vidal, una mujer transexual que sufre la muerte de su pareja y que a partir de ahí debe enfrentar el rechazo y las distintas formas de violencia a la que la someten la ex mujer y los hijos del muerto. Pero aunque esa es su estricta sinopsis, debe decirse que en realidad la película se trata de otra cosa. O de otras cosas: sobre la identidad y la forma en la que esta se constituye; sobre la mirada, las propias y las ajenas, que van moldeando distintas formas de percepción; y, sobre todo, acerca de las fuerzas opuestas que intervienen en dichos procesos.
Entonces no es casual que Una mujer fantástica comience con una serie de planos de las cataratas del Iguazú, que retratan una fuerza de la naturaleza para representar aquello que no puede ser negado. La fuerza de lo incontenible, de lo que siempre ha estado ahí y cuya presencia no se puede ignorar. La fuerza de aquello que se impone por sí mismo. El guión volverá muchas veces sobre esta idea, poniendo en escena diferentes fuerzas naturales: un mural con la foto panorámica de un vendaval marino azotando una escollera; una lluvia torrencial que lo moja todo y todo lo penetra. Un viento furioso que en un momento cercano al clímax del relato le impedirá a Marina, cuyo nombre también da cuenta de una fuerza natural incontenible, seguir avanzando por la calle, en una de las escenas más hermosas de la película. Alegorías significativas para contar la historia de esta mujer trans que, es cierto, se enfrenta a fuerzas enormes que se oponen y hasta se niegan a darle una entidad humana. Pero que sobre todo dan cuenta de esa fuerza natural que no necesita de la certificación de nadie para validar su existencia, porque posee la potencia necesaria para imponerse y bastarse por sí misma. La fuerza de lo que es, de lo que ya es imposible negar.
Una mujer fantástica es un film sobre la condición humana, sobre la forma en que la sociedad sostiene un canon conservador acerca de qué se entiende y que se incluye dentro de lo humano. Y, por supuesto, qué es lo que se deja afuera de dicha categoría: lo inaceptable, lo indeseable, lo monstruoso. Esa duplicidad también recorre de punta a punta todo el relato, a través de una serie de juegos con los reflejos que el director va intercalando a lo largo de la narración, pero que tiene dos momentos de particular (y tal vez hasta excesiva) elocuencia. En uno se la ve a Marina desnuda, recostada con un espejito circular apoyado sobre su entrepierna, que le devuelve el reflejo de su propia cara. En el otro la protagonista se cruza en la calle con dos hombres que transportan un espejo enorme, que al ondular no consigue ofrecer un reflejo estable de su cuerpo, sino una serie de imágenes deformes.
Uno de los grandes méritos de este trabajo de la dupla creativa que integran Lelio y Maza es conseguir traer a escena aquello que hasta ahora estuvo condenado a ese fuera de campo de lo humano, para darle, quizá por primera vez, una representación cinematográfica autónoma. El otro es haberle confiado el rol protagónico a la actriz trans Daniela Vega, ella misma una fuerza natural capaz de sostener de manera soberbia el peso contundente de la película. 

Artículo pub licado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 22 de febrero de 2018

CINE - 68° Berlinale, Día 7: ¿Qué es lo que queda cuando se termina el amor?

Pasados más de dos tercios del Festival de Cine de Berlín, la reputada Berlinale que este año llegó a su edición 68°, puede decirse que la selección de cine argentino que han realizado sus curadores tiene un buen nivel que alcanza un pico alto en algunas de las diez películas que forman parte de la delegación nacional. Películas emparentadas directamente con la estética y la factura del cine de producción independiente, aquel que no tiene al mercado como primer objetivo, sino que explora en la posibilidad que ofrecen las formas de narración alternativas al relato clásico, aquel que tiene en la cinematografía estadounidense a su principal exponente. Y mientras algunas navegan entre esas dos aguas, otras van en busca de dar un paso más radical. La cama, opera prima como directora de la actriz Mónica Lairana, se ubica más bien sobre ese extremo.
La historia que en ella se cuenta no es para nada complicada. Se trata de un matrimonio de muchos años, con hijos ya crecidos que hace rato dejaron el nido, que enfrenta el último día previo a la separación. La película tiene a los integrantes de la pareja como únicos personajes, al que se le debe sumar otro, tan importante como ellos: la casa que están a punto de abandonar. Tanto es así que Lairana le dedica el primer minuto de la película a presentarla, recorriendo algunos de sus rincones para dar una idea cabal de todo lo que por ellos ha pasado y se ha ido acumulando a través del tiempo. Como la pareja, la casa también ofrece el aspecto entre caótico y desprolijo de quien todavía no ha asumido su destino y se aferra con desesperación al pasado. Los cambios que ella sufre en el camino que va del comienzo al final de la película se hace evidente el recorrido dramático habitual en el desarrollo de cualquier personaje.
Hay una gran valentía en la forma en que una cineasta novel como Lairana ha elegido y usado aquellos recursos que consideró serían los más apropiados para contar esta historia de dolor, sin importar la complejidad dramática que significaría ponerlos en escena. La cama empieza y termina con dos extensas escenas que se desarrollan en el lecho matrimonial de esta pareja en disolución, que incluyen sexo, frustración, histeria, amor, vergüenza, entre otras cosas. Realizadas en absoluta desnudez por los actores protagonistas, Alejo Mango y Sandra Sandrini (hija del icónico matrimonio que componían los actores Luis Sandrini y Malvina Pastorino), ambas fueron rodadas en una única toma y en ellas se condensa arco de la película.
La cama retrata el dolor con pasión, ternura y sin resignarse a perder el humor, herramienta que maneja con precisión minimalista y que aunque cuando aparece lo hace mostrando su cara más amarga, así y todo funciona como una oportuna válvula de escape. También registra de forma delicada las esencias de lo masculino y lo femenino, encarnadas en esos dos personajes que atraviesan ese momento de emociones a flor de piel de maneras ligeramente distintas. Lairana registra esas diferencias a través de pequeños detalles que, siendo evidentes, requieren de la atención del espectador para ser notados. Un ejemplo: tras la crisis inicial en la que la pareja no consigue consumar el coito, ella termina en una crisis de nervios que la deja exhausta y hecha un ovillo sobre el colchón, mientras él deambula sin rumbo por los ambientes mudos de la vivienda. Pero al rato él vuelve y se acuesta junto a ella espalda con espalda, hasta que finalmente junta valor y la abraza por detrás. ¿Qué pasa entonces? Él se duerme y hasta ronca, mientras ella se queda con los ojos como platos, con la angustia dándole vueltas y vueltas en la cabeza.
Lairana se sirve de cada situación para hacer que la vulnerabilidad de sus personajes se manifieste. Y ellos se convierten en un dique roto por cuyas grietas se va escapando, de a gotas pero cada vez con mayor fuerza, lo que queda del amor. Todo ello convierte a La cama es uno de los puntos más altos de presencia argentina en Berlín.  

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

martes, 20 de febrero de 2018

CINE - 68° Berlinale, Día 6: Realidad, ficción y un final amargo

A la gente de Berlín le gusta el cine. Al menos eso se puede concluir al ver las salas colmadas en cada proyección a la que se asiste. Acá dicen que los berlineses son muy cinéfilos, pero que en invierno son más cinéfilos todavía, porque con el frío que hace en la calle meterse a una sala llena de gente es uno de los mejores planes que se pueden hacer en esta ciudad de noviembre a abril. Por eso la Berlinale se realiza en el mes de febrero, en pleno invierno, porque si la hicieran en cualquier otro momento del año es posible que el paisaje de las salas fuera más bien desolador.
Usando la misma lógica que en el párrafo anterior también se podría pensar que los alemanes aman al cine argentino, porque cada una de las películas proyectadas hasta ahora fueron recibidas a sala llena y generalmente saludadas con una salva de aplausos afectuosos. También los recibió en su estreno Marilyn, film debut de Martín Rodríguez Redondo que narra las dificultades con las que se va encontrando Marcos, un adolescente gay, en el pueblo de provincia donde vive, a partir del momento en que decide asumir su identidad sexual. Pero fueron aplausos qué sonaron distinto, aplausas que cargaban una mezcla de conmoción, angustia y desazón. No es que el público rechazara la película, inspirada libremente en un caso real, porque la respuesta durante la proyección fue buena. Los espectadores parecían sufrir con cada situación incómoda o humillante que atravesaba el protagonista en la pantalla y también se rieron con algunas situaciones un poco absurdas que se generaban a partir de su osadía ante determinadas circunstancias. Debe decirse que las poderosas actuaciones de todo el elenco, y principalmente la de Walter Rodríguez, el protagonista, funcionan como un canal muy eficaz para potenciar las emociones de la platea. Sin embargo los aplausos tuvieron algo de desconcierto.
La razón para ese cambio de actitud tiene que ver con un desenlace que si bien tiene su razón de ser y forma parte del abanico de lo posible para una historia como la que se cuenta, también es drástico y opuesto al esmero que el guión pone para generar en el auditorio un vínculo de creciente empatía con la historia del personaje. En otras palabras: Marilyn se propone y consigue que los espectadores se encariñen con Marcos, pero al final los abofetea con una decisión radical que sin dudas puede provocar sorpresa e incluso enojo..
 Durante la charla posterior con el público, Rodríguez Redondo argumentó que ese final le parecía apropiado para cerrar la historia de un chico que se va quedando sin salidas, en el marco de una familia que paralelamente también rueda barranca abajo en el plano social. Y es cierto que Marilyn ofrece por un lado un retrato muy preciso de la realidad cruel que Marcos atraviesa, y por el otro también da cuenta del desmoronamiento de las estructuras sociales en la Argentina, particularmente en el ámbito rural. Sin embargo, atendiendo a la permanente necesidad del director de recordar que su película no es la representación literal del caso en el que se basa, sino apenas una versión libre de la misma, también cabe preguntarse por qué no se permitió darle al protagonista en la ficción esa salida que no tuvo en la realidad. Porque está claro que el cine no es la realidad –ni siquiera en el caso del documental, género que trabaja directamente sobre el paisaje de lo real—, sino la versión personal que el cineasta decide construir a partir de ella. Es el director quien decide el destino de sus criaturas, él es el responsable de ese final amargo.
 Pero no se trata de cuestionar su decisión, que por otra parte es coherente con la realidad de muchos integrantes de la comunidad LGBTI, a los que la sociedad tampoco se las hace fácil. Lo que este texto se propone es, simplemente, manifestar la tristeza y el desacuerdo de este cronista con el destino que la película le impone (repito: le impone) a Marcos. Tal vez esa tristeza sea la misma que ayer sintieron muchos espectadores frente al final de Marilyn.  

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

lunes, 19 de febrero de 2018

CINE - 68° Berlinale, Día 5: Malambistas sensibles y chicos solos

La participación argentina en el Festival de Berlín tuvo su continuidad a última horas del viernes. Fue entonces cuando tuvo lugar la primera función de Malambo: El hombre bueno, nuevo trabajo del prolífico director cordobés Santiago Loza. Se trata de una ficción ambientada en el universo de los bailarines del tradicional ritmo argentino que pone el acento en algunas de sus particularidades. En primer lugar en su carácter viril, vinculado al ámbito de lo masculino. El propio Loza, que también es novelista y dramaturgo, mencionó su resistencia inicial a dirigir el proyecto a partir de sus prejuicios al respecto, por considerarlo un espacio muy vinculado con el nacionalismo y el machismo. Y aunque todo eso forma parte del imaginario que rodea al malambo, el director se permitió aceptar la película como un desafío personal para encontrar ahí otra cosa, una sensibilidad que exceda los límites de dichos prejuicios. Loza es un director cuya mirada siempre consigue encontrar la belleza escondida en lo evidente y Malambo: El hombre bueno no es la excepción. Filmada en un contrastado blanco y negro, la película cuenta la historia de un bailarín que tras haber sido derrotado en la final de un torneo nacional busca una segunda oportunidad. Para ello deberá superar la humillación que la derrota le provocó en su ego de hombre, en el sentido más machista de la palabra, pero también sus miedos y limitaciones físicas. Con desprejuicio Loza introduce algunos elementos de carácter casi subversivo dentro de su relato, a través de los que consigue ampliar el rango sensible del universo que retrata. Pero se trata de elementos ajenos al mundo del malambo, por lo cual deben ser atribuidos claramente a la particular mirada del cineasta, y no al objeto retratado. Aún sin ser del todo verosímiles, dichos elementos consiguen establecer una sinergia muy potente al combinarse con el carácter rígido y tradicionalista del malambo, que sin dudas es uno de los puntos extremos de la cultura folclórica argentina. Si la película representó un desafío para Loza debe hablarse de una prueba superada, en la que vuelven a hacer su aparición elementos que recorren toda su filmografía, como lo místico, lo religiosos y, claro, la culpa.
La sección Generation Kplus, que reúne trabajos dedicados al público infantil y adolescente, contó este fin de semana con dos estrenos mundiales de películas argentinas. Se trató de El día que resistía, de la directora Alessia Chiessa, y de Mochila de plomo, del cordobés Darío Mascambroni. La primera de ellas es una especie de loop escheriano en torno del universo de los cuentos de hadas, en la que tres chicos viven solos en una casa en medio del bosque mientras esperan el inminente regreso de sus padres. Dividida virtualmente en mitades, la película ofrece un segmento inicial en el que la ausencia de los adultos representa la liberación de todos los límites y represiones a los que habitualmente son sometidos los chicos. Fiestas de caramelos todas las noches, excursiones a la parte más profunda del bosque, juegos en los que las reglas cambian según los caprichos del deseo. En paralelo a esa instancia de goce que tiene lugar durante el día, la noche se presenta como un espacio en donde lo ominoso empieza a vislumbrarse. La hermana mayor duerme a los dos menores leyéndoles la truculenta historia de Hansel y Gretel, con la cual su propia historia mantiene algunos puntos de contacto, para luego encerrase en la habitación de los padres. Esa doble vulneración de lo prohibido, que el ingreso a la habitación paterna se dé durante la noche, tiene por supuesto un carácter de ritual iniciático que la película revelará de manera oportuna. La hermana mayor irá haciendo valer su poder a medida que la ausencia de los padres se va volviendo una situación irreversible. Ese será el espíritu de la segunda parte, donde lo que en principio resultaba estimulante (la soledad, la exclusión del elemento adulto) se va volviendo angustiante. Chiessa maneja con sorprendente buen pulso el trabajo de los tres pequeños protagonistas, cuyas edades oscilan entre los 10 y los 5 años, consiguiendo de ellos registros impecables. El día que resistía mantiene un diálogo directo con el film Nadie sabe, del cineasata japonés Hirokazu Koreeda, en el que también un niño-hermano mayor debe cuidar de sus hermanitos mientras aguardan el regreso de su madre. La gran diferencia es que el trabajo de Koreeda se hace fuerte en el realismo, mientras que el de Chiessa gana potencia en la posibilidad latente de lo fantástico y lo maravilloso (lo terriblemente maravilloso) acechando el terreno virgen de la infancia.
Por su parte Mochila de plomo es una suerte de coming of age que coquetea con lo trágico, en el que la instancia del crecimiento se vuelve una carga para su pequeño protagonista. La película comienza con reminiscencias ochentosas a las películas de pandillas de amigos que andan en bicicleta por el barrio, elemento que revivió y repopularizó la serie Stranger Things. Pero pronto da un giro para enfocarse sobre Tomás, un chico que pasa la mayor parte del día solo, cargando en su mochila con una pistola 9mm. Aunque se trata de una película que retrata el universo de las clases bajas, Mochila de plomo está lejos de regodearse en el miserabilismo. Mascambroni decide seguir a Tomás durante un par de días, para dar cuenta de los muchos elementos que lo hacen vulnerable tanto desde lo social como desde los emocional. De alguna manera Mochila de plomo es una nueva crónica de un niño solo, uno que decide tomar en sus manos algunas de las responsabilidades que los adultos que lo rodean no son capaces de asumir. Por supuesto lo hará como un chico, con las limitaciones que le imponen no solo la edad sino su entorno. Y si bien la película camina todo el tiempo sobre el delgado filo que separa al drama de la tragedia, acaba convirtiéndose en una historia de reconciliaciones, en donde lo más trágico acaba siendo el acto de aprender a aceptar el destino, por doloroso que este pudiera ser.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar