martes, 29 de agosto de 2006

LITERATURA - Historia de una amistad prodigiosa

El vigésimo aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges es, ante todo, una fecha para celebrar la literatura. No la suya en particular, si no el total de los universos posibles de la literatura, tal es lo que él mismo hubiera preferido, sin dudas, en su avidez de lector insaciable.

Por ello, antes que recaer como el resto del planeta en el ensalzamiento de alguna de sus obras – siempre recomendables, por cierto –, este lector se complace en rescatar a otro escritor; uno a quien Borges prefería y admiraba, por la gran amistad que todavía los une en cada línea de sus libros. Aunque no sólo por ello merezca ser rescatado.

El libro Historia Prodigiosa resulta, sin dudas, una buena medida para conocer la obra de Adolfo Bioy Casares. En los seis relatos que lo conforman encontraremos un compendio de sus virtudes y de los recursos que más han predominado en su obra, una de las más prolíficas y entretenidas de la literatura argentina del siglo XX.

En primer lugar, sobresale la gran capacidad de imaginación de Bioy. Y como ejemplo alcanza el cuento que da nombre al libro, Historia prodigiosa, en el que un aristócrata intelectual, muy afecto a la adoración de viejos dioses paganos por encima de todo monoteísmo, acaba batiéndose a duelo con un enmascarado que resulta ser el mismo diablo, en una noche de carnaval, a causa de una discusión teológica.

O aquel otro, La sierva ajena, en que una mujer es presa de los caprichos de un aventurero alemán que ha sido reducido, de cuerpo completo, por una tribu de pigmeos africanos, y que la tiene más o menos recluida en una quinta del Tigre.

Más allá de su probada calidad literaria y de su amplia inclinación a los argumentos fantásticos, Historia Prodigiosa es prueba también del excelente humor que recorre la obra de Adolfo Bioy Casares. Un humor finísimo, delicado, que de alguna manera lo coloca como eslabón en la cadena de autores que han cultivado el sarcasmo y la ironía, a lo largo del siglo XX: Ambrose Bierce, Saki, Chesterton o el mismo Borges.

Claro que no debemos esperar de él, un humor tal cual se lo concibe en el show del chiste de Tinelli, sino que se trata de un humor que es homogéneo y coherente con la estética refinada que Bioy Casares propone a lo largo de su obra. El chiste entendido, si se quiere, de un modo más cercano a la interpretación que hace Freud en El chiste y su relación con el inconciente: el chiste como manifestación del yo, similar a los lapsus y fallidos, a través de los cuales es posible conocer más de un personaje que lo que el personaje mismo podría decir de si mismo por otros medios. El humor utilizado como un recurso literario completamente lícito y, por cierto, exitoso.

A veinte años del último viaje de don Jorge Luis - el final del largo viaje que termina de igualar su vida con La Odisea y La Eneida; con el Beowulf o La Divina Comedia, algunas de sus lecturas favoritas -, es bueno sobre todo conmemorar esta amistad, para Borges uno de los valores más típicamente argentinos, que nos permite imaginar un Borges pleno, perdido en largas charlas con su amigo del alma, entre pilas y pilas de libros, antes que al Borges silencioso, que no del todo voluntariamente, según palabras del propio Bioy, parte hacia su destino definitivo, bajo el césped prolijo de Ginebra. Una amistad tal, que incluso ha dejado frutos literarios: una obra completa escrita en colaboración, bajo los seudónimos de Bustos Domecq y Suarez Lynch. Un hecho inédito y feliz para la historia literaria argentina.

(Artículo publicado originalmente en www.informereservado.info/cultura.php)