lunes, 13 de junio de 2011

A 25 años de su muerte: Pierre Menard, autor de Borges

“¡Maten a Borges!” Un cuarto de siglo ha pasado desde el momento en que el tiempo, el más piadoso de los sicarios, se tomó literalmente aquella improbable exclamación atribuida a Witold Gombrowicz, revoleada desde la cubierta del barco que lo llevaba de regreso a Europa en 1963, tras veinticuatro años de exilio en Buenos Aires. La frase ha sido negada por los amigos presentes en aquella despedida, pero la mitología suele ser más potente que mil realidades. Quizá Borges y el gran polaco acordarían, cosa que hasta ahora no han hecho nunca, en que esa autenticidad mítica hace prescindible cualquier otro tipo de prueba material de su existencia. La anatema, entonces, es verdadera y, además, uno de los consejos más oportunos dados a los escritores condenados a compartir con Borges el campo fértil de la literatura argentina. Matar a Borges es la única forma en que cualquier otro escritor argentino puede trabajar en libertad, sin la pesada carga de escribir en castellano como nunca nadie lo hizo antes. “Como escribirían los ángeles si supieran escribir “, según palabras del eminente científico Mario Bunge. Gombrowicz, mal que le pese, reconocía con aquella orden de padrino literario, la genialidad indiscutible del ciego.
Veinticinco años han pasado desde la muerte de Borges, en los que su obra no ha dejado de crecer. Como si un oportuno Pierre Menard se encargara de volver a escribirla cada año, construyendo catedrales distintas siempre con las mismas columnas, enviando nuevas naves para unir otra vez la eternidad con lo infinito. Como si veinticinco años tampoco fueran nada. Hoy todos siguen hablando de él: los vivos y los muertos, los fantasmas y los libros. “De lo que estoy seguro es de que su prosa es la más notable que hoy se escribe en castellano. Pero es demasiado preciosista para ser un gran escritor. ¿Lo imagina usted a Tolstoi tratando de deslumbrar con un adverbio cuando está en juego la vida o la muerte de uno de sus personajes?” El fragmento pertenece a Sobre héroes y tumbas, donde Borges aparece como personaje y Sabato aprovecha para declararle su amor y su odio que, todos lo saben, en el fondo son la misma cosa. Juntos de nuevo, ahora los dos estarán volviendo loco a Dios y al Diablo con sus disputas, al fin libres de espacios y de tiempos. Quién sabe.
Paradigma del escritor total, Borges se pasó la vida escribiendo, incluso cuando no escribía. César Aira anotó en su Diccionario de autores latinoamericanos que “Lo mejor de Borges en su vejez había pasado a lo oral, a sus conferencias y, sobre todo, a las réplicas siempre ingeniosas, nunca obvias, casi siempre geniales, que prodigaba en los infinitos reportajes a los que era sometido.” Si hasta es responsable de historias ajenas que sin él carecerían de encanto. Abelardo Castillo cuenta en su libro Ser escritor, que en los 60 Bernardo Kordon afirmaba “haberle dicho a los escritores comunistas polacos: ¿Cómo van a publicar ustedes a Borges, si Borges es un escritor conservador?, y los polacos contestaron: Por favor, ni lo mencione, acá nadie se ha dado cuenta.” Nada mejor para destacar su genio que la pasión que despierta su obra en quienes, fuera de las letras, caminan por la vereda de enfrente. Tal vez a Borges le haría gracia que hoy lo lean y lo admiren hasta los incorregibles. Quién sabe.
Deliberadamente solo –casi solo- en ese pueblito suizo cuya calma resultó la antesala de la paz de todas las paces, Borges dejó de escribir. Ocurrió hace veinticinco años. Atrás se fueron quedando los amigos, los amores desdichados, las memorias y las bibliotecas más grandes que el universo mismo. La muerte le dio cita en el norte a los 86 años, pero su brújula no deja de extrañar el sur.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

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